1. Introducción: un fenómeno con demasiados nombres

El campo acumuló nombres antes de acordar el fenómeno. Tecnoferencia, phubbing parental, distracción por pantalla y absorción circulan como sinónimos y, a la vez, como si cada etiqueta marcara un mecanismo distinto. Frackowiak et al. (2024), en un comentario que aquí es marco conceptual y no dato, sostienen que esa dispersión impide saber qué se estudia: con conceptualización inconsistente y operacionalización débil, los resultados no se suman. Promediarlos fabrica una precisión que la literatura no tiene. El punto de partida no es coronar un término, sino preguntar qué diseño sostiene qué frase.

La pregunta pesa entre el nacimiento y los 6 años porque el niño depende, para el vínculo y la autorregulación, de la sensibilidad y de la responsividad del cuidador. Braune‐Krickau et al. (2021) lo formulan al abrir su revisión de alcance: bebés y niños pequeños dependen de conductas sensibles y responsivas en los patrones de apego, y las perturbaciones de la sensibilidad pueden afectar la interacción ligada al apego y la capacidad de autorregulación. En ese marco, el teléfono co-presente no es un hábito lateral. Es una forma de que la respuesta llegue tarde o no llegue.

Tres planos no vuelven a mezclarse. El hallazgo empírico es lo que un estudio, con su diseño real, observó o preguntó. El marco conceptual cubre definiciones y mecanismos, incluida la lectura de Braune‐Krickau et al. (2021): en doce estudios, la absorción se asocia con la sensibilidad y la responsividad más que las interrupciones breves. La inferencia de diseño es lo que un centro podría cambiar sin presentar ese cambio como norma ya evaluada.

La pregunta distingue población, concepto y contexto. La población son las díadas adulto–niño de 0 a 6 años. El concepto es el uso de dispositivos por el adulto co-presente. El contexto incluye hogar, alimentación, comidas, juego, laboratorio y centros de educación inicial. Según el diseño de lo publicado desde 2021, ¿qué puede afirmarse sobre responsividad, sensibilidad, co-regulación, atención conjunta y lenguaje, y qué queda fuera de cada diseño? La tesis anticipada es que el fenómeno relevante es la ruptura de la contingencia, y la reparación que a veces la sigue, no la cantidad de pantalla del adulto.

2. Antecedentes: de los minutos de pantalla a la contingencia interrumpida

Durante años la pregunta pública se hizo con el reloj del niño: minutos, edad de inicio, contenido. Esa contabilidad no es el objeto de este artículo. El desplazamiento va de la pantalla como exposición infantil a la pantalla como uso del adulto que comparte comida, regazo o juego. El aparato se vuelve un tercero capaz de capturar a quien debía responder. Braune‐Krickau et al. (2021) sitúan el problema en los 0 a 5 años y en la sensibilidad dentro de la interacción, no en el tiempo de pantalla del niño.

El modelo de ruptura de la sincronía, tal como lo describen Tidemann y Melinder (2022), es el paradigma still-face: el bebé es vulnerable al quiebre diádico, la pérdida de sintonía provoca estrés y esa literatura ha sugerido costos posteriores. Ese costo largo no es resultado suyo. En su manipulación el adulto no congela el rostro: interrumpe simulando un teléfono. Se toma la analogía, no una curva ya medida.

Tres revisiones no forman un solo bloque. Braune‐Krickau et al. (2021) integraron 12 estudios buscados en PsycInfo y PubMed, y también en Google Scholar y Google: el uso parental puede asociarse con cambios de sensibilidad y responsividad, y la absorción parece pesar más que la interrupción breve. Piden trabajo longitudinal. No es un metaanálisis. Komanchuk et al. (2023), con método del Joanna Briggs Institute, reúnen 64 estudios en 61 publicaciones. Lo más estudiado es la relación padres–hijos; también hay riesgos de seguridad y, en adolescentes, malestar autorreportado y conductas como el ciberacoso. No es una revisión de la primera infancia.

Vélez et al. (2026) reúnen 16 estudios de los 0 a los 24 meses y llaman preliminares a los indicios: el teléfono opera como estresor interactivo, con protesta, evitación de la mirada, menor actividad parasimpática y menor sincronía intercerebral, y la exposición habitual se correlaciona con peor recuperación tras la interrupción. Piden replicación prospectiva.

Definición y operacionalización no coinciden: es el núcleo de Frackowiak et al. (2024). Li et al. (2024) fijan una escala de phubbing parental con 701 niños chinos de 3 a 6 años y sus padres. El mejor ajuste fue un modelo de un factor; se relacionó en positivo con la adicción al teléfono y con el estilo autoritario —validez que llaman predictiva sin seguimiento descrito—, con fiabilidad satisfactoria y sin coeficiente repetible. El nivel fue intermedio y más alto entre los 31 y los 40 años. El hallazgo es psicométrico, no un efecto de desarrollo, y no equivale al conteo de Mason et al. (2024) ni al desvío de Linder et al. (2022).

3. Método: revisión crítica PRISMA-lite con gradación por diseño

Esta revisión no busca un efecto medio. Ordena 24 artículos según lo que cada diseño autoriza a decir. El flujo es PRISMA-lite, con los números del registro del 7 de octubre de 2026, y no pretende ser una revisión sistemática completa. La síntesis es narrativa. No hay metaanálisis, no hubo doble cribado independiente, no se usó una herramienta formal de riesgo de sesgo y la base es solo Crossref. Esas cuatro renuncias condicionan el resto.

La API REST de Crossref recibió 16 consultas de 60 filas, solo artículos de revista desde 2021: 960 registros y 830 tras deduplicar. Hacían falta autores, año no anterior a 2021 y un título con término de dispositivo, pantalla, tecnoferencia o phubbing, más un término de infancia, crianza o cuidador en el título o la revista. Salieron 52 sin autores, 419 sin término de dispositivo, 90 sin término de infancia o crianza y 54 fuera de edad; el filtro de año no quitó ningún registro más. Esas bajas suman 615 y, restadas de 830, dejan 215, pero la siembra del cribado tenía 214. La recontabilización del mismo día dio 215 por deriva del índice. Se conserva 214.

El cribado manual usó título y, si existía, resumen de Crossref, OpenAlex o Semantic Scholar. Excluyó correcciones, protocolos, resúmenes de congreso, revistas sin revisión por pares verificable, muestras escolares o adolescentes, salud no relacional —sueño, estatura, lesiones— y lenguaje explicado solo por el tiempo de pantalla del niño. De 214 salieron 190. Quedaron 24: 19 con resumen y cinco solo con título, Coyne et al. (2022), Ewin et al. (2021), Janssens y Beullens (2026), Yang et al. (2023) y Yun y Cho (2022). Meeus et al. (2021), de 9 a 13 años, y Komanchuk et al. (2023), con adolescentes, no cuentan como evidencia de 0 a 6: marcan el borde de la población.

FaseOperación registradan
IdentificaciónRegistros recuperados (16 consultas × 60 filas; artículo de revista, desde 2021)960
IdentificaciónRegistros tras deduplicar830
Elegibilidad automáticaExcluidos sin autores registrados52
Elegibilidad automáticaExcluidos por año anterior a 20210
Elegibilidad automáticaExcluidos sin término de dispositivo en el título419
Elegibilidad automáticaExcluidos sin término de infancia o crianza90
Elegibilidad automáticaExcluidos por quedar fuera del rango de edad54
CribadoElegibles en el archivo de siembra (base del cribado manual)214
CribadoRecontabilización el mismo día, no usada como base (deriva del índice)215
CribadoExcluidos en el cribado manual de título y resumen190
InclusiónArtículos incluidos24
InclusiónCon resumen recuperado vía Crossref, OpenAlex o Semantic Scholar19
InclusiónSolo con título5
Tabla 1. Flujo PRISMA-lite de identificación y selección (registro real del 7 de octubre de 2026).

La Tabla 2 clasifica cada fuente por el diseño que el resumen o el título permiten reconocer. No es una evaluación de riesgo de sesgo. Ewin et al. (2021) constan como observación naturalista; Keskin et al. (2026), como estudio transversal. Doce estudios reunidos en una revisión no equivalen a un experimento de 25 díadas.

DiseñoFuentes del corpusQué permite afirmarQué no permite afirmar
Experimental de laboratorio: intra-sujeto o still-face modificado Mason et al. (2024); Carr y Dempster (2021); Tidemann y Melinder (2022); Shin et al. (2026) Efectos inmediatos de condición: atención en la toma, calidez del dibujo y protesta ante la interrupción. Shin et al. (2026) enlazan el autoconsuelo con problemas a los 24 meses. Desarrollo a años, equivalencia con el hogar, o la dosis parental como causa. Tidemann y Melinder (2022) no informan n.
Observacional de laboratorio o naturalista Linder et al. (2022); Liszkai-Peres et al. (2024); Ewin et al. (2021) Caída intra-persona y re-implicación en la comida; menos tiempo y calidad en usuarios regulares. De Ewin et al. (2021), solo el objeto. Causalidad larga, dirección única —Liszkai-Peres et al. (2024) la dejan abierta— y magnitudes de Ewin et al. (2021).
Encuesta transversal o validación de instrumento Yıldız et al. (2025); McDaniel et al. (2025); Golds et al. (2024); Li et al. (2024); Meeus et al. (2021); Keskin et al. (2026) Rutas, clústeres y diferencias por progenitor; una escala de un factor; la vivencia preadolescente. Keskin et al. (2026) solo enuncian la pregunta. Orden temporal no medido, traslado de Meeus et al. (2021) a los 0–6 años y un efecto de lenguaje sin cifra.
Cohorte o seguimiento por cuestionario Ashby et al. (2026); Holmgren et al. (2024) Alza leve de la tecnoferencia materna y asociación del inicio con el uso problemático del niño. El perfil de bajo uso pone límites y reporta poca tecnoferencia. Interacción observada. Ashby et al. (2026) describen una muestra mayoritariamente blanca; Holmgren et al. (2024) no informan etnia ni edad.
Revisión o comentario conceptual Braune‐Krickau et al. (2021); Komanchuk et al. (2023); Vélez et al. (2026); Frackowiak et al. (2024); Morris et al. (2022) Absorción frente a interrupción breve; un mapa que incluye adolescencia; indicios preliminares de 0 a 24 meses; claridad conceptual; mediadores lingüísticos no cerrados. Un efecto conjunto. Komanchuk et al. (2023) no prueban solo los 0–6. Morris et al. (2022) no demuestran el mecanismo.
Diseño no verificable desde metadatos Coyne et al. (2022); Yang et al. (2023); Yun y Cho (2022); Janssens y Beullens (2026) Solo el objeto del título: ambivalencia en la alimentación; mediación hacia la función ejecutiva; sobredependencia docente; «¿no soy lo bastante interesante?» en Bélgica. Dirección, magnitud o muestra. La sintaxis causal de un título no es un resultado.
Tabla 2. Gradación del corpus por diseño (clasificación de los autores a partir de los metadatos; no es una evaluación formal de riesgo de sesgo).

4. Evidencia experimental: el still-face digital y la toma de alimento

Tidemann y Melinder (2022) observaron, en diseño transversal, a bebés de 6, 9 y 12 meses ante una interrupción que simula el teléfono y no congela el rostro. El hallazgo empírico es inmediato: más protesta, menos implicación positiva y menos monitoreo social, semejante al efecto still-face. El resumen no da n ni separa edades. No cabe atribuir a este experimento los costos largos que los autores mencionan como sugerencia de la literatura clásica. Lo firme es la ruptura breve, no una intervención.

Shin et al. (2026) usan un still-face modificado para reflejar la tecnoferencia. A los 18 meses midieron temperamento, autorregulación y síntomas internalizantes maternos; a los 24, problemas internalizantes y externalizantes. El seguimiento fue de 52 niños (55,8 % niñas y 44,2 % niños) y los casos completos, 44. El temperamento predijo de forma diferencial cada tipo de problema; síntomas maternos y regulación infantil se asociaron con ambos. El autoconsuelo en la tarea siguió siendo un predictor negativo de los problemas a los 24 meses tras descontar los síntomas maternos. Es regulación del niño en una simulación, no una dosis de uso cotidiano ni un programa de reparación.

Mason et al. (2024) compararon, en 25 díadas y visitas contrabalanceadas, amamantar viendo un programa en una tableta u oyendo música clásica ambiental. Las interrupciones de atención al bebé fueron 3,7 por minuto (error estándar de 0,2) frente a 1,7 (error estándar de 0,2). El tiempo enfocado en el bebé fue 52,5 % (error estándar de 3,9) frente a 83,9 % (error estándar de 4,0). Menor atención se asoció con menor sensibilidad a las señales, menor fomento cognitivo y socioemocional y menor claridad de las señales del bebé (probabilidades de 0,03, de 0,002, inferior a 0,001 e igual a 0,001). Son asociaciones con la atención, no contrastes de condición sobre cada escala. La tableta sostiene una imagen; la música no es silencio. No consta la edad en meses.

Vélez et al. (2026) añaden, como síntesis preliminar, menos contacto visual en la alimentación y peor recuperación emocional si la exposición es habitual. No se sabe cuántos primarios comparten con Braune‐Krickau et al. (2021) y Komanchuk et al. (2023); sumar las tres revisiones como votos independientes inflaría el corpus.

Coyne et al. (2022) no tienen resultado recuperado. Tienen un objeto que el título no cierra: durante la alimentación, el medio parental puede ser distracción digital o ayuda accesible, en relación con el apego, la disfunción y la calidad del vínculo. La ambivalencia es el objeto, no un efecto. Impide leer la tableta de Mason et al. (2024) como si toda la literatura hubiera zanjado que cualquier pantalla en la toma es solo daño.

5. Evidencia observacional: comidas, laboratorio y espacios cotidianos

Linder et al. (2022) observaron 93 díadas en comidas de 30 a 140 minutos, por intervalos de cinco. Entre personas, al comparar uso bajo y alto, solo la positividad pareció bajar. Dentro de la persona, usar el medio por encima de lo habitual redujo implicación y positividad, sin cambio en la negatividad. El hallazgo empírico no describe a un adulto más hostil, sino menos implicado y menos positivo respecto de sí mismo.

Tras esos intervalos, la implicación aumentaba. Linder et al. (2022) lo llaman multitarea mediática. Reparación no es su término: es la lectura, aquí, de un retorno observable. No prueba que la calidad quede restaurada ni que el regreso sea intencional. Sí impide tratar la ruptura como estado final. Vélez et al. (2026) correlacionan la exposición habitual con peor recuperación emocional: se vuelve, y la exposición frecuente puede volver el retorno menos eficaz, sin que ambas frases salgan de la misma muestra.

Liszkai-Peres et al. (2024) unen cuestionario y observación de laboratorio, en juego libre y estructurado. Los usuarios regulares —47 niños de 4 a 7 años, al menos dos horas semanales— pasaban menos tiempo con sus padres y mostraban menor calidad de interacción que 25 no usuarios. El ocio compartido sin pantalla protegía entre los usuarios, y el uso de medios de padres e hijos se asociaba en positivo. Los autores dejan escrita la ruta inversa: menos interacción puede llevar a más uso del niño. La edad llega a los 7 años, al borde de esta población. No es prueba de los primeros 24 meses.

Carr y Dempster (2021) muestran que co-usar no es, por defecto, alta calidad. Cincuenta y seis niños (media de 32,5 meses; 53 % niñas) y un adulto —52 madres y 4 padres— dibujaron tres minutos en tableta y en Etch-A-Sketch. Controlando el uso diario, hubo menos cooperación y menos calidez en lo digital, sobre todo en las díadas más jóvenes. La Tabla 2 los clasifica como experimento intra-sujeto; se comentan aquí por la calidad del engagement. Tres minutos y cuatro padres no condenan todo co-uso. Sí retiran la idea de que verlo juntos neutraliza el aparato.

Ewin et al. (2021) no aportan cifras. El título anuncia observaciones naturalistas del uso móvil en díadas cuidador–niño: el diseño consta y el resultado no. Citarlos como prueba de la vida real convertiría un objeto en hallazgo.

6. Encuestas y cohortes: estrés, perfiles de uso y direccionalidad

Este estrato no sostiene que el teléfono del adulto produzca, a mediano plazo, el desenlace del niño. Yıldız et al. (2025) ajustan la ruta inversa con 199 madres en Türkiye e hijos de 3 a 7 años. El modelo de mediación fue significativo: menor control esforzado, más estrés, más uso problemático y más tecnoferencia, leído como búsqueda de alivio. No se citan coeficientes: el indirecto depositado no alinea estimación e intervalo. El hallazgo es transversal, la secuencia la pone el modelo y la edad rebasa los 6 años. Impide cerrar una sola dirección.

McDaniel et al. (2025) separan actividad y progenitor en 183 familias, con un niño de 2,89 años de media. Las madres usaban más las redes y jugaban menos. Redes de 31 minutos o más al día: 61 % de las madres y 38 % de los padres. Juego de 31 minutos o más: 23 % de los padres y 16 % de las madres. Ellas sentían más que las redes, no el juego, recortaban el tiempo familiar. Más estrés se asoció con más juego y con percibir interferencia. Es encuesta, no interacción filmada.

Golds et al. (2024) encuestaron a 450 personas en el Reino Unido (95,3 % blancas, 95,2 % en pareja, bebés a término en un 88,9 %). «Infante en riesgo»: preocupación por el desarrollo, uso alto, responsividad baja. «Madre en riesgo»: síntomas depresivos, ansiosos y de estrés, bajo apoyo, el mismo uso alto y la misma responsividad baja. «Bajo riesgo»: uso bajo y responsividad alta. Los dos primeros no diferían en uso ni en responsividad. El hallazgo empírico deja dos riesgos distintos bajo el mismo patrón de teléfono.

Holmgren et al. (2024) hallan cuatro perfiles en 268 madres de una ciudad grande de la región Mountain West, con la mira en desenlaces a dos años. El de bajo uso pone límites y reporta poca tecnoferencia y poco uso problemático parental. El de mayor uso social concentra uso problemático parental e infantil. No constan los otros perfiles, la edad ni la etnia.

Ashby et al. (2026) siguen siete años (2017–2024) a 500 madres de Estados Unidos —media de 30,34 años; 75,7 % blancas— y a sus hijos de los 6 meses a los 6,5 años (47 % niñas), por cuestionario materno. La tecnoferencia subió de forma leve (S = 0,02). El nivel inicial se asoció con más uso problemático de medios del niño a los 6,5 años (β = 0,48). El cambio medio es pequeño; lo predicho es un desenlace de medios, no la sensibilidad observada.

Yang et al. (2023) titulan uso problemático parental, función ejecutiva, tecnoferencia como mediador y edad como moderador: sin resumen, no hay coeficiente. Meeus et al. (2021) miden fuera de rango, con 742 preadolescentes de 9 a 13 años (50,9 % niñas; media de 10,85, desviación de 0,73). Más tecnoferencia percibida, más conflicto y menos compañía; la distracción materna, menos apoyo emocional. Falló una sola vía indirecta. Es vivencia narrable, no dato de la primera infancia. Janssens y Beullens (2026) preguntan «¿no soy lo bastante interesante?» y anuncian la experiencia y la comunicación sobre tecnoferencia en Bélgica: objeto, no resultado.

7. Lenguaje: claves comunicativas perdidas y atención conjunta

Si la contingencia se rompe, el lenguaje es candidato, porque se aprende en episodios de mirada compartida y respuesta ajustada. Morris et al. (2022) proponen, del nacimiento a los 5 años, que los hallazgos apuntan a desenlaces lingüísticos negativos, aunque los procesos sean poco claros. El seguimiento de la mirada, la responsividad y la atención conjunta —críticos para el lenguaje— también caerían cuando el adulto usa el teléfono, y podrían mediar la tecnoferencia. Los mismos autores advierten que la literatura es limitada y metodológicamente heterogénea, y que no caben conclusiones firmes. Es marco conceptual: mecanismo plausible, efecto no demostrado.

Keskin et al. (2026) sitúan la pregunta entre los 13 y los 18 meses. Declaran un estudio transversal sobre uso tecnológico parental, claves comunicativas perdidas y producción y comprensión del lenguaje. No hay muestra, dirección ni magnitud. Mientras el resumen no traiga estimaciones, no sirven para afirmar que el teléfono reduce el léxico ni para afirmar lo contrario. El dato citable es la pregunta, no un efecto.

Vélez et al. (2026) documentan, de 0 a 24 meses, evitación de la mirada, menos contacto visual en la alimentación y menor sincronía intercerebral. Están en el barrio conceptual de la atención conjunta de Morris et al. (2022), pero miden co-regulación socioemocional, no producción ni comprensión. Inferir un retraso léxico es inferencia de mecanismo. El mecanismo está propuesto; el efecto lingüístico, en estos metadatos, no.

8. Del hogar al aula: la educadora con el teléfono en la mano

Yun y Cho (2022) son el único objeto declarado sobre la educadora: la relación entre sobredependencia del teléfono en docentes de educación inicial e interacción docente–niño. Publican en Early Childhood Education Research & Review, vehículo de la investigación coreana del campo. Corea marca procedencia editorial, no un hallazgo de aula. Sin resumen no hay dirección, magnitud ni muestra. Decir que la sobredependencia empeora la interacción les atribuiría un resultado ausente. Su función es mostrar que la pregunta docente ya fue formulada y que aquí sigue sin respuesta verificable.

Lo demás es inferencia de diseño. Recibir, consolar, alimentar, jugar y estar en el patio son rutinas donde la contingencia es el trabajo, y el teléfono entra como aplicación para las familias, foto de evidencia o mensaje en la comida o el patio. El corpus no mide esas escenas. Solo se parecen, en la estructura, a la toma de Mason et al. (2024), la comida de Linder et al. (2022) y el juego de Carr y Dempster (2021): quien debe responder puede estar en la sala y atender otra cosa.

No se sigue una prohibición, sino una hipótesis de formación. Linder et al. (2022) vieron más implicación después del uso. En el centro, eso se traduciría en nombrar la reparación: advertir la captura, volver la mirada y retomar la señal, sin confundir el registro de la jornada con la interacción. Vélez et al. (2026) impiden idealizar el regreso si la exposición es habitual. Ni la abstinencia predicada ni la foto celebrada están probadas como práctica de aula en este corpus.

México cabe en un párrafo, y solo como inferencia, sin dato. Ningún incluido informa un centro mexicano, una prevalencia o una evaluación de formación. Suponer que el ciclo de estrés, absorción, ruptura y reparación importa en la educación inicial del país es una hipótesis sobre rutinas —bienvenida, comida, cambio, patio, juego— donde un adulto puede estar requerido por una pantalla de trabajo. No diagnostica al país ni autoriza una cifra.

9. Discusión: de la exposición a la reparación de la interacción

Los tres estratos no se promedian. El experimental sostiene el corto plazo: protesta y menos monitoreo (Tidemann y Melinder, 2022), menos atención al bebé ante un programa que ante música (Mason et al., 2024; 25 díadas) y un autoconsuelo del niño que predice menos problemas a los 24 meses (Shin et al., 2026; 44 casos completos), hallazgo de regulación infantil y no de dosis parental. Vélez et al. (2026) añaden menor actividad parasimpática y menor sincronía, y llaman preliminar al conjunto. Lo firme es la ruptura inmediata y la captura por una imagen sostenida en la toma.

Ese terreno no cruza absorción e interrupción breve dentro de un mismo diseño. Braune‐Krickau et al. (2021) lo dicen como síntesis de 12 estudios. Tidemann y Melinder (2022) manipulan una interrupción; Mason et al. (2024), un programa. Adoptar que «pesa más la absorción» es marco conceptual de una revisión de alcance, no un contraste de este artículo.

Observación y encuestas impiden la flecha única. Linder et al. (2022) ven menos implicación y positividad, no más negatividad, si el uso supera lo habitual, y más implicación después. Liszkai-Peres et al. (2024) dejan la dirección inversa; Carr y Dempster (2021), un co-uso menos cálido. Yıldız et al. (2025), Golds et al. (2024), McDaniel et al. (2025) y Holmgren et al. (2024) mueven la causa al estrés, al control esforzado y a quien pone límites. Ashby et al. (2026) separan un alza leve (S = 0,02) de la asociación inicial con el uso problemático a los 6,5 años (β = 0,48). Nada de esto filma la contingencia.

La Figura 1 ordena el ciclo para no perderlo al pasar a la práctica. No es un modelo estimado.

Momento del cicloQué ocurre en la díadaEvidencia del corpusPráctica de protección (hipótesis de diseño)
Estresor del adulto Llega con estrés, malestar, poco apoyo o un niño que exige más autorregulación. Golds et al. (2024); Yıldız et al. (2025); McDaniel et al. (2025); síntomas maternos en Shin et al. (2026). Atender el estresor antes de regular el aparato.
Captura por el dispositivo La atención se queda en el aparato. El corte breve no es la absorción. Braune‐Krickau et al. (2021), 12 estudios. Mason et al. (2024): 3,7 frente a 1,7 interrupciones por minuto y 52,5 % frente a 83,9 % del tiempo en el bebé. El criterio hipotético es si la mirada vuelve.
Ruptura de la contingencia La señal no halla respuesta a tiempo. Tidemann y Melinder (2022); Mason et al. (2024); Carr y Dempster (2021); Linder et al. (2022); Vélez et al. (2026). Proteger comida, consuelo y juego cara a cara.
Respuesta del niño Protesta, retirada y claves no recogidas. Más tarde, conflicto y menos compañía. Tidemann y Melinder (2022); Vélez et al. (2026). Morris et al. (2022) y Keskin et al. (2026), sin efecto lingüístico cifrado. Meeus et al. (2021), fuera de rango. Leer la protesta como señal de ruptura.
Reparación o re-implicación Tras el uso la implicación puede subir; la exposición habitual puede empeorar la recuperación. Linder et al. (2022); Vélez et al. (2026); Holmgren et al. (2024), por autorreporte de límites. Enseñar el regreso. Hipótesis de formación, no estándar evaluado.
Figura 1. Esquema conceptual, no dato empírico: ciclo estrés–absorción–ruptura–reparación inferido de la revisión.

Como hipótesis de diseño, no como estándar, se protege el episodio y no la suma diaria; se prioriza la captura sobre el corte mínimo (Braune‐Krickau et al., 2021), sin un factorial; se ensaya el regreso observado por Linder et al. (2022), con la reserva de Vélez et al. (2026); y se incluyen el estrés, la autorregulación del niño y la diferencia entre progenitores y actividades (Yıldız et al., 2025; Golds et al., 2024; McDaniel et al., 2025; Carr y Dempster, 2021). Ningún criterio fue probado en un centro de este corpus.

10. Límites

La base es solo Crossref: no sustituye a PsycInfo, Scopus, Web of Science ni ERIC. De 960 registros quedaron 830, y la deriva de 214 a 215, el mismo día, muestra que el índice se mueve. No hubo doble cribado ni herramienta formal de riesgo de sesgo. La composición, cuando consta, es estrecha: 95,3 % blancos en Golds et al. (2024) y 75,7 % de madres blancas en Ashby et al. (2026). Holmgren et al. (2024) no informan etnia. Hay también China (Li et al., 2024), Türkiye (Yıldız et al., 2025), un objeto belga (Janssens y Beullens, 2026) y una pregunta docente en vehículo coreano (Yun y Cho, 2022). Cohorte y clústeres, aun así, descansan en autorreportes mayoritariamente blancos.

Predomina la madre —500, 268 y 199 en Ashby et al. (2026), Holmgren et al. (2024) y Yıldız et al. (2025)— frente a 4 padres de 56 adultos en Carr y Dempster (2021). McDaniel et al. (2025) sí los comparan. Los experimentos son pequeños: 25 díadas (Mason et al., 2024), 52 de seguimiento y 44 casos completos (Shin et al., 2026), sin n en Tidemann y Melinder (2022). Cinco fuentes están solo con título y Keskin et al. (2026) no traen estimaciones. Meeus et al. (2021) y Komanchuk et al. (2023) salen de los 0 a 6 años; Liszkai-Peres et al. (2024) y Yıldız et al. (2025) llegan a los 7. No hay efecto común. México es solo inferencia.

11. Conclusiones

Ordenar por diseño cambia la frase sostenible. La evidencia experimental muestra una ruptura breve: el bebé protesta y se implica menos si se simula el teléfono, y la atención materna en la toma cae ante un programa. Esa firmeza acaba en el laboratorio. No fija minutos ni convierte el autoconsuelo del niño en causa parental.

El plazo medio vive en encuestas, perfiles y una cohorte de siete años. Hay estrés, clústeres, un alza leve de la tecnoferencia materna y un lazo entre el nivel inicial y el uso problemático de medios del niño, casi siempre por cuestionario materno y, cuando la composición se declara, en muestras mayoritariamente blancas. La dirección única no se sostiene: el control esforzado del niño puede anteceder al teléfono y la observación preescolar deja abierta la ruta inversa.

La unidad de la tesis es la contingencia, no la exposición. Que la absorción pese más que el corte breve es la distinción de doce estudios en una revisión de alcance, no un factorial de este corpus. Que la implicación pueda subir después del uso vuelve pensable la reparación, aunque ese estudio hable de multitarea y otra síntesis ligue la exposición habitual a peor recuperación. El lenguaje sigue propuesto y no cifrado: mirada, responsividad y atención conjunta son mediadores plausibles hasta los 5 años, y las claves entre los 13 y los 18 meses no tienen, aquí, una estimación.

Al aula se llega por inferencia de diseño. La sobredependencia del teléfono en docentes de educación inicial está preguntada y sin resultado en este registro. Lo trasladable es el ciclo —estresor, captura, ruptura, regreso—, no una prohibición de sala. En México no hay dato propio. Sí hay una consecuencia para quien forma educadoras: decidir qué episodios no se interrumpen y cómo se vuelve cuando la interrupción ya ocurrió.

Laboratorio Editorial de NEXTECH.IA / Ingeniero Mitre

Referencias

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